¡Abrazando mis recuerdos!

¿Lloras por tus sueños rotos mujer? ¿No puedes olvidar a tu gran amor? ¿El hombre que amas está en otro país y no puedes estar con él? ¿Tu vida se ha convertido en un infierno al sentirte tan sola, desamparada y tan triste? ¿No puedes encontrar al amor de tu vida? ¿Anhelas quizá vivir en otra situación? ¿Quieres retener el pasado de tu vida casi a la fuerza? ¿Te causa sufrimiento recordar a quien amaste y te abandonó? ¿Te engañaron o te traicionaron en lo más profundo de todo tu ser? ¿Por qué sufres? ¿Por qué lloras mujer de luz? ¿Será que no encuentras tu cauce ni el sentido a tu vida?

El sufrimiento, la desolación, la tristeza, la desesperación, la impotencia, la soledad, el abandono y las lágrimas se convierten en el alimento diario para la mujer que lleva a cuestas, alguno de estos factores enunciados arriba, o varios juntos y al mismo tiempo.

Y como es obvio suponerlo, la salud física y emocional de la mujer, le va minando su existencia, la va apagando lentamente. La mujer se va consumiendo en su propia llama de ilusiones, sueños y quimeras atrapadas en su cárcel de fracasos.

Mujeres que en otros tiempos eran un haz de luz, un lechado de virtudes: Juventud, losanía, risas, bromas, belleza, inspiración, actividad, música, baile, alegría, esperanzas, ánimo, fuerza, luz y todo un mundo de sueños color de rosa envueltos en un velo de tul color ilusión, se enamoraron, se entregaron profundamente a un hombre que al poco tiempo las engañó, las traicionó y les arrancó de un solo tajo el corazón dejándolas muertas en vida y a la deriva de las circunstancias. ¿Cuántas mujeres hay así en el mundo amigas queridas?, ¡Miles! Que ahora sólo saben acudir al rincón de los lamentos de su alma, a llorar su desventura, a lamer sus heridas sentimentales y a sobar con ternura su lastimado corazón: ¿Por qué a mí? ¿Yo qué hice para merecer que me hicieran esto?

¡No entiendo porqué me pasó esto Dios mío! ¡Ya lo perdí, mi vida no tiene sentido! ¡Pobrecita de mí, cuánto lo amé… y cuánto lo sigo amando! ¡No me quiere… no le importó serme infiel ni hacerme sufrir! … ¡La mujer se aferra a la autocompasión! Y para colmo de males, la mujer acumula todos esos sufrimientos y los guarda atesorándolos, como si fueran reliquias ancestrales. Pasa el tiempo y vuelve a mirar sus reliquias y vuelve al pasado, vuelve a llorar, vuelve el sufrimiento y vuelve a abrazarse a sus más dolorosos recuerdos del ayer diciendo: “Si yo lo hubiera perdonado, ahora sería feliz a su lado”, “Si no hubiera aparecido aquella otra mujer, él no me habría dejado nunca, estoy segura”, “Si yo me hubiera casado con él, ya le hubiera dado un hijo”, “Si no hubiera pasado esto o lo otro, etc”…



¡Pero pasó! y quisiéramos que el tiempo retrocediera para volver a empezar, pensando que la siguiente vez, ya todo sería distinto y no estaríamos llorando por lo que no pudo ser. A las mujeres nos gusta mucho jugar con la imaginación y a veces hasta con la necia fantasía: “Cuánto me hubiera gustado haber sido más esbelta y rubia, tener las piernas bonitas, los ojos grandes, los labios más sensuales, la cintura más chiquita y las bubis más exóticas para haberle gustado a él, pero nunca me quiso, nunca se fijó en mí, porque aquella otra mujer era más “llamativa” que yo”… ¡delirios de mujer! y tardíos, de pilón. Las mujeres hacemos inventarios de lo que pudo haber sido y no fue.

No nos conformamos con lo que tenemos en el presente, seguimos soñando, seguimos deseando, seguimos añorando tener lo que en el pasado no fue posible tener y hay quienes se atreven a pensar que aún estando ya casadas o comprometidas, teniendo un hogar, hijos y una familia legítimamente constituida, pueden intentar simultáneamente tener lo que no pudo ser en el pasado.

Allí empieza otra nueva historia y de allí nacen para miles de problemas nuevos que enfrentar. Tengamos cordura amigas queridas y pongamos los pies sobre la tierra.

Pensemos que para todo hay un momento en la vida y que cada tiempo tuvo su lugar en nuestras vidas y lo seguirá teniendo, siempre y cuando aprendamos a valorar con respeto y ubicación esos momentos de los que se compone nuestra existencia y llenan de fuerza, de dignidad, de madurez y verdad nuestra vida entera. Créanme; ¡vale la pena!